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.:. Heimito von Doderer: el guardián de la dimensión desconocida

 

Héctor Orestes Aguilar

 

Más de medio siglo tuvo que transcurrir desde su aparición para que la novela Los demonios, obra capital del escritor austriaco Heimito von Doderer (1896-1966), haya sido finalmente traducida y publicada en castellano. Es sin duda el mayor de los acontecimientos del año 2009 en nuestro entorno editorial: una verdadera osadía como en muy contadas ocasiones veremos aparecer en el mundo hispánico, sobre todo por el esfuerzo inaudito que implica cursar, interpretar, estudiar y transportar a otra lengua 1,345 páginas compuestas en un nada sencillo alemán (algo sobre lo que entraré en detalle líneas adelante). Se trata de una empresa, que, sin duda alguna, ha de agradecerse de entrada con todos los honores al traductor Roberto Bravo de la Varga y a todo el equipo de la casa editora Acantilado, de Barcelona.

En segundo término, y al constatar lo que implica el abordaje de un volumen con las dimensiones de Los demonios, de nueva cuenta cabe reiterar un vivo reconocimiento al descubridor y primer gran lector de Heimito von Doderer en México, Juan García Ponce, quien desde mediados de los 1960 comenzó a publicar artículos y ensayos que nos aproximaron a una obra y un autor por entonces frecuentados por un número de lectores sumamente restringido fuera del ámbito cultural de lengua alemana.

A García Ponce le debemos sobre todo el mejor “mapa de lectura” de la pieza épica de Doderer redactado entre nosotros: Ante los demonios (publicado en 1993 por la Dirección de Literatura de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM y Ediciones del Equilibrista), descripción paciente del transcurso de la novela que ahora bien merecería ser reeditada, toda vez que por fin se cuenta con una versión asequible del referente narrativo al que el escritor yucateco le dedicó muchos años de apasionadas incursiones. Asimismo, con ello puede constatarse qué tan profundamente caló esa temprana recepción de Los demonios en la obra de García Ponce, un tema que siempre se había ofrecido como seductora tarea comparatística y que hoy se antoja labor inaplazable.

No obstante que otras dos novelas de Doderer ya se habían publicado en España —Ein Mord den jeder begeht, con el título Un asesinato que comete cualquiera, en versión de Pablo Simón para Plaza & Janés en 1966, republicado en los años noventa por Muchnik Editores; y Die Strudlhofstiege oder Melzer und die Tiefe der Jahre, traducida parcamente como Las escaleras de Strudlhof por el profesor José Miguel Sáenz para ediciones Destino en 1981— y que varios de los cuentos de Doderer fueron traducidos en México por Javier García-Galiano, el del escritor austriaco es uno de esos nombres provenientes de las literaturas centroeuropeas que se convierten en una referencia casi mítica a medida que el paso del tiempo acrecienta su leyenda y difiere la mera lectura de sus obras. Desde su nombre de pila (que nadie usa en la actualidad y que en realidad nunca estuvo lexicalizado en el alemán de Austria en esa forma), Doderer ha llegado al siglo XXI arrastrando tras de sí la estela de un escultor de monumentos narrativos abandonados a la suerte de un incierto futuro que terminará haciéndole justicia, otorgándole el lugar que merece en el canon de la literatura universal.

El nombre inexistente

En 1853, el arquitecto alemán Carl Wilhelm Doderer, durante largo tiempo al servicio de la monarquía real e imperial de Austria-Hungría, contrajo nupcias con Maria von Greisinger, hija de una media hermana del poeta Nikolas Lenau. Un año más tarde nació su hijo Wilhelm, que continuaría con el oficio de la dinastía hasta convertirse, en tanto constructor de gran parte del canal del Mar del Norte, en uno de los precursores de la ingeniería moderna.

Casado con Louise Wilhelmine, Willy von Hügel, una de las herederas de la compañía constructora que impulsó e hizo florecer, Wilhelm Ritter von Doderer amasó la estimable fortuna que le permitió llevar una vida sosegada y dispendiosa, aunque no muy atenta a su extensa familia. De acuerdo a una tradición oral de los Doderer —confirmada años después por el propio novelista— luego de un viaje de vacaciones de los padres por San Sebastián en 1895, y al percatarse de que estaba embarazada por sexta vez, Willy decidió prever para el nombre de la criatura por venir, en caso de que fuese varón, un diminutivo escuchado durante aquella estancia que le había gustado mucho, Jaimito, que ella escribió combinando su grafía con la de un nombre del alto alemán medieval, Heimo. De tal modo, el niño nacido el 5 de septiembre de 1896 fue bautizado muy eclécticamente como Franz Carl Heimito, e inscrito dentro de la confesión de fe evangélico-luterana.

En numerosas ocasiones Doderer repitió y dejó establecido con claridad que su vocación de escritor se decidió precisamente el 12 de julio de 1916, al caer prisionero de los rusos en Asia oriental, durante la Primera Guerra Mundial. A diferencia de muchos otros literatos vieneses, nunca intentó escribir poemas o relatos breves desde la infancia o la adolescencia: al provenir de una familia de constructores, técnicos, ingenieros y matemáticos, había crecido en un medio extra literario donde no le fue inculcado el ejercicio habitual de las letras. A contramano, lo primero que habría de escribir con malicia narrativa fue un reporte de veinte líneas donde relataba todo aquello que pudo percibir desde la prisión. A lo largo de cuatro años de cautiverio aprendería a desarrollar un inusitado sentido de la “apercepción” (como lo pedía Kant), que incluso se volverá eje de su escritura.

Esos orígenes determinarían gran parte de su método de trabajo, patente sobre todo en Los demonios. Por un lado, la idea de “proyectar” sus narraciones tal y como si estuviera trazando el plano de una construcción. Por otro, la constante acumulación de notas, comentarios, observaciones y registros cotidianos (escritos siempre con plumas de cinco colores diferentes), se convirtieron —más que en un diario total a la manera de Gide— en libros “tangenciales”, sus famosos Tangenten y Comentarii que nutrieron a las ficciones. Sus más de dos mil páginas impresas pueden considerarse a carta cabal el laboratorio donde se fraguaron los experimentos novelísticos de Heimito.

Al finalizar la guerra, Doderer procuró fortalecer su instinto y sus recursos literarios; estudió psicología e historia en la universidad de Viena, donde incluso se doctoró en esa última materia en 1925 con la tesis Acerca de la escritura de la historia civil en Viena durante el siglo XV. Su paso por las aulas universitarias le permitió conocer, además, a profesores como Hermann Swoboda, estricto contemporáneo de Otto Weininger, el malhadado autor del célebre tratado Sexo y carácter, que tanto iba a influir a varias generaciones de creadores austriacos. De los cursos y trabajos de Swoboda le sedujo, principalmente, el tratamiento que éste dedicó al fenómeno que a partir de Proust se ha dado en llamar “recuerdos involuntarios”, algo que el catedrático vienés consideraba como libres apariciones periódicas, sin ninguna función asociativa con el presente, provocadas por la paulatina extinción de la memoria consciente y activa.

Sin embargo, el hallazgo crucial para Doderer en sus años de formación fue la obra del pintor y escritor Albert Paris Gütersloh (1887-1973), cuyo libro Bekentnisse eines modernen Malers (Confesiones de un pintor moderno), de 1926, sería para el novelista una fuente de inspiración permanente a lo largo de su vida. Con Gütersloh, Doderer estableció una relación que fue más allá del vínculo formativo maestro-alumno como sucedería entre otros escritores austriacos, Leo Perutz y Alexander Lernet-Holenia por ejemplo, una relación basada en la continuación, por parte de éste último, de ciertas fórmulas narrativas habituales a su mentor con el fin de generar estados de irrealidad y asimetría ficcionales.

El escritor al comienzo de una lectura en su casa.
El escritor al comienzo de una lectura en su casa.

Para Heimito el vínculo con Gütersloh implicó sobre todas las cosas una conversión, transformar su vida radicalmente en una causa literaria y estética distanciada de las simpatías sociales y de los intereses de los grupos literarios. En su libro Der Fall Gütersloh. Ein Schicksal und seine Deutung (El caso Gütersloh. La interpretación de un destino, de 1930) y en la correspondencia establecida entre ambos autores que va de 1928 a 1962, puede apreciarse cómo a partir de una mentalidad antimoderna y una actitud conservadora compartidas fue trazándose un programa estético y de ninguna manera una relación vertical en la que el alumno llevara a la práctica o desarrollase dócilmente algunas de las propuestas teóricas del maestro. Para fortuna de la literatura, la obra de Doderer ha sobrevivido con mucho vigor los años de su gestación, sigue siendo tan legible y fascinante como entonces. Sobre todo, no ha sido devorada por el polvo de las librerías de viejo, como les sucedió inevitablemente a los heterodoxos libritos de Gütersloh.

Verboten!

El mérito de haber sobrevivido al siglo XX es todavía mayor en el caso de una obra como la de Doderer, si se considera que sobre él pesa aún como una lápida su pasado político: con fecha del 1 de abril de 1933, el doctor en historia recibió el número de afiliación 1526987 al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSPAD, por sus siglas en alemán), sección austriaca, entidad prohibida en aquellos días por las leyes de la República alpina.

El ingreso de Doderer a las filas políticas del nacionalsocialismo es un episodio que cierta crítica literaria y cultural nunca le ha perdonado. Las razones por las cuales el escritor en ciernes apostó por el Reich eran muy claras. Esperaba encontrar en la política cultural nacionalsocialista las condiciones más propicias para su trabajo y fue precisamente en este aspecto el que primero le decepcionó de la dictadura. No sólo careció de un estatus privilegiado sino que jamás pudo obtener el reconocimiento con que otros autores, mucho menos dotados para la literatura pero ideologizados por completo e involucrados con el aparato de propaganda nazi, fueron beneficiados financieramente. Sus proyectos se vinieron abajo. Desde noviembre de 1936 tuvo que modificar por completo sus planes y dejó suspendido su primer boceto de Los demonios, que constaba de cinco capítulos solamente y en cuya última parte las acciones sucedían en el gran Reich alemán y ya no en la Viena de entreguerras.

El fin de la Segunda Guerra Mundial dejó atrapado a Heimito von Doderer en la base militar de Oslo a donde había sido destinado desde abril de 1945. La prohibición de publicar le llegó en el peor de los momentos, cuando ya había avanzado en la maduración de al menos dos de sus grandes novelas y ante un impasse que, como a tantos otros austriacos y alemanes que habían apoyado expresa o tácitamente al régimen hitleriano, se antojaba infranqueable para poder reintegrarse a la vida pública de su país.

De acuerdo a lo que los biógrafos, los historiadores y los escritores austriacos contemporáneos como Robert Menasse informan, los años de prohibición estigmatizaron a Doderer y le impusieron el aura de un exiliado interior. Si bien durante la dictadura nazi había publicado en diarios y revistas alemanas, su tipo de escritura es prácticamente antiperiodística, todo lo contrario a los escritos de un Alfred Polgar o de un Joseph Roth. Si a eso se añade que el veto oficial sólo le fue levantado en los hechos hasta 1950, podrá imaginarse lo difícil que fue vivir prácticamente en el anonimato durante una época en la que otros escritores que trataban temas parecidos a los suyos despegaron en la escena literaria y alcanzaron incluso celebridad mundial. Para muestra de esta situación hostil basta el mejor ejemplo: aunque no está documentado en las fuentes biográficas de Graham Greene, se sabe que éste fue asistido por Doderer en una de las dos visitas que aquél hiciera a Viena en el año de 1948 con el fin de preparar la composición de El tercer hombre. A petición expresa del escritor británico, quien necesitaba contar con el mejor conocedor literario de la capital austriaca como guía, Heimito y él exploraron algunas de las calles y pasajes vieneses en ruinas que luego aparecerían en la novela citada líneas arriba y en su adaptación cinematográfica, debida a Carol Reed. Mientras ésta película se convertía en un gran clásico instantáneo y ganaba el premio a la mejor producción en el Festival de Cannes de 1949, Doderer seguía llevando la vida semiclandestina de un escritor secreto y maldecido, ignorado en la misma Austria, referencia para una reducida comunidad de fieles que lo evocaban con no poca frecuencia sólo por sus siglas, HvD, como si pronunciar su nombre fuese invocar al peor de los presagios.

Doderer con el manuscrito de <i>Los demonios </i>en   una editorial, Munich, 15 de julio de 1927.

Doderer con el manuscrito de Los demonios en una editorial, Munich, 15 de julio de 1927.

 

Breve manual de supervivencia para la dimensión desconocida

Los demonios consta, en nuestra lengua, de 1,662 páginas; vale decir, tiene solamente 317 páginas más que el original alemán, lo que, de entrada, ya es un gran logro por donde quiera que se le vea, pues como ha explicado en varias ocasiones el Dr. José María Pérez Gay, muchos sustantivos alemanes, sobre todo los de la lengua literaria y filosófica, equivalen a un periodo gramatical completo en otros idiomas, incluido el castellano.

Además, hay que restarle a la materia narrativa las páginas que ocupa la presentación del germanista Martin Mosenbach, quien orienta de manera general a los lectores y los anima a emprender el laborioso reto que están por enfrentar: ingresar en una dimensión narrativa compleja, desarrollada en muy diversos planos y configurada con varias voces narrativas que describen personajes a granel, cuyos nombres (germánicos en su mayoría, aunque también los hay eslavos, magyares y latinos) forman una constelación difícil de memorizar.

Por tanto, la primera recomendación para el lector de Los demonios es imitar, a medida que avanzan las páginas, el ejercicio que inteligentemente previó la editorial Alfred A. Knopf de Nueva York cuando tradujo al inglés y publicó la novela de HvD en dos tomos en 1961: enlistar al principio o al final de la novela a los personajes más importantes identificándolos por algún rasgo característico o por su vínculo con otros protagonistas. (No estaría mal que Acantilado hiciera lo mismo con los personajes de Las escaleras de Strudlhof y con La novela no. 7, si mantiene su promesa de editar el repertorio completo de HvD).

El novelista ha dejado, desde el encabezado principal y los títulos de los capítulos en que está dividido su índice, una serie de pistas que no pueden soslayarse para mantener un eje de lectura. En principio, nunca hay que olvidar que Los demonios lleva por subtítulo “Según la crónica del jefe de sección Geyrenhoff”. De tal modo, será la voz de este personaje, quien desde el año 1955 rinde un muy detallado informe de lo que le ha acontecido casi tres decenios atrás, la que tiene el mayor control del curso narrativo y la que “organiza” la estructura coral del relato.

Algo que sin duda ayudará a quien por primera vez se acerque a HvD es saber que el novelista austriaco supo que sólo podría escribir un solo libro a lo largo de su vida y así se lo propuso de forma programática. Ese libro es, por supuesto, el que ahora se reseña, y en él confluyen buena parte de los recursos narrativos desplegados en otros textos, de manera muy señalada en Las escaleras de Strudlhof, donde también aparecen personajes como el joven historiador René von Stangeler y la familia de Grete Siebenschein. Crucial también resulta saber desde un principio que las “historias” contenidas en la novela son en gran parte estrictamente biográficas, y que las experiencias, actitudes y lenguaje personales de HvD y Albert Paris Gütersloh son, por supuesto, materia de varios personajes. En el caso de Doderer, sus trasuntos en Los demonios son el novelista Kajetan von Schlaggenberg, el historiador René von Stangeler y el propio jefe de sección Geyrenhoff, citado en buena parte del libro como G-f. Gütersloh aparece apenas esbozado en la figura del pintor Kyrill Scolander, aunque ideas suyas también se filtran en los actos de Schlaggenberg.

Aunque muchos acontecimientos históricos o políticos reales son materia de Los demonios, todos los críticos apuntan al incendio del Palacio de Justicia de Viena en mayo de 1927 como el epicentro de la novela. Esto es irrebatible. No obstante, nada estaba más lejos del ánimo de HvD que hacer una novela política sobre la crisis de la República de Austria y el advenimiento del nazismo, como algunos analistas han sugerido a partir de la constatación previa. Si una cifra puede intentarse de las tramas que va dejando caer el jefe de sección Geyrenhoff es la que los editores apuntan como la obsesión central en la literatura del novelista vienés: la “Menschenwerdung”, el examen minucioso del devenir de un ser humano, transformado por fuerzas “demoniacas” a lo largo de su existencia. O tal vez, formulado siguiendo el fraseo de Otto Weininger, el examen del destino demoniaco de aquellos hombres y mujeres señalados por la historia.

Ha valido la pena esperar 53 años para tener la posibilidad de entrar a la fascinante dimensión desconocida mediante las llaves que nos aporta Heimito von Doderer en Los demonios. Muchas son las observaciones y mejorías que cabría hacerle a la traducción de Roberto Bravo de la Varga (que tiene un sensible problema con los topónimos, por ejemplo), pero basta con imaginar el esfuerzo descomunal que debe haberle significado traducir del alto alemán medieval el temido capítulo VII de la segunda parte de Los demonios (“Allí abajo”) para saber que su titánica labor ya ha pasado a la historia y que debe ser recompensada con el nivel más alto del Premio Nacional de Traducción que concede el Ministerio de Educación y Cultura de Austria. Nos queda a todos los lectores tomar el valor necesario para emprender una aventura no menos arriesgada: buscar nuestro retrato en Los demonios.

Heimito von Doderer, Los demonios. Según la crónica del jefe de sección Geyrenhoff, traducción de Roberto Bravo de la Varga, Acantilado, Barcelona, 2009, 1662 pp.

(publicado el 06/02/2010 en el Suplemento Laberinto, de Milenio Diario)

 

 

 

 

 

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Última actualización: 03-Jul-2006