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Gestión Cultural

Hector Orestes

En la terraza frente al Palacio de Bellas Artes, agosto de 2011. Foto de Barry Domínguez

México, país invitado al Salón del Libro y de la Prensa de Ginebra . Mayo de 2013


Las relaciones culturales entre México y la Confederación Suiza viven uno de los momentos más intensos de su historia. Aunque no ha sido documentada como merece, la fascinación entre ambos países ha producido uno de los vínculos más singulares entre América Latina y Europa. La presencia y acción de creadores, científicos y académicos suizos en México, la huella de sus grandes autores y obras y la correspondiente familiaridad de los mexicanos que han vivido y abrevado de las culturas helvéticas realizando notables aportaciones a las artes, las humanidades y las ciencias son sólo dos aspectos de ese vínculo.

Los libros y la literatura ofrecen muchos ejemplos de esas afinidades e intercambios. Juan Rulfo fue un lector maravillado por la obra de Charles Ferdinand Ramuz, cuya novela Derborence ha sido señalada como antecedente de Pedro Páramo, clásico absoluto de las letras hispánicas. En 1950, Carlos Fuentes permaneció durante un año en Ginebra realizando estudios de posgrado a la vez que trabajaba en la ONU. El deslumbramiento que le produjo un encuentro fortuito con Thomas Mann a orillas del lago Leman llevó al por entonces aspirante a escritor a reflexionar y reconocer a Zürich como “la verdadera capital de Europa” y uno de los arquetipos del mundo moderno. Poco más tarde, en 1951 y 1956, Max Frisch realizó dos viajes a México que nutrieron la composición de sus obras magistrales, No soy Stiller y Homo Faber. Una década después, dos autores suizo-alemanes se convertirían en referencias para los lectores mexicanos: Walter Muschg con su Historia trágica de la literatura y, sobre todo, Hermann Hesse, cuyos relatos y novelas siguen siendo lectura obligada para la mayoría de los adolescentes mexicanos. Un tercer nombre memorable es el de Albert Béguin, cuyo estudio El alma romántica y el sueño instruyó a varias generaciones de lectores de poesía.  Cabe subrayar que fue bajo la dirección editorial de Béguin cuando la revista Esprit publicó, en julio de 1953, el seminal ensayo “El laberinto de la soledad”, del premio Nobel de literatura Octavio Paz. Otro clásico mexicano del siglo XX, Juan José Arreola, ha sido traducido al francés (los libros de relatos Le Fablier y Bestiarie suivi de Palindrome) por las Éditions Patiño de Ginebra a mediados de los años 90. En esa misma década el gran narrador Hugo Loetscher visitó México, donde tuve oportunidad de conocerlo y participar con él en dos presentaciones públicas. En épocas más recientes, y en el marco de la Feria del Libro de Guadalajara, nuestros lectores han entrado en contacto con autores como Christoph Simon, Pedro Lenz y Peter Stamm y han podido adquirir novelas como La orquesta de lluvia, de Hansjörg Schertenleib, traducida el otoño pasado por la editorial mexicana Sexto Piso.

Los nombres míticos de intelectuales y artistas suizos que contribuyeron de forma notable a la cultura moderna de México como la antropóloga Gertrude Duby, el arquitecto y urbanista Hannes Meyer y el pintor Roger von Gunten (quien cumple 80 años este 2013); y de mexicanos que cincelaron sus vocaciones en Suiza, desde el innovador artista Günther Gerzso hasta el recordado filósofo y político Carlos Castillo Peraza, resuenan en la edición 2013 del Salón del Libro y la Prensa de Ginebra. Hoy, como nunca, su legado une e identifica a suizos y mexicanos y hace posible que la llegada de un contingente de escritores, editoriales e instituciones culturales desde México sea una celebración común de la curiosidad intelectual, de la capacidad de asombro ante lo diverso y del deseo por compartir nuestra vigorosa experiencia multicultural.

Héctor Orestes Aguilar


pdf(Una primera versión de este texto se publica en el catálogo de la delegación mexicana que asiste al Salón del Libro y de la Prensa de Ginebra 2013).


Texto leído durante el Foro de Consulta Ciudadana sobre Cultura y Arte convocado por la Secretaría de Educación Pública el 11 de abril de 2013

Invitado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes en calidad de escritor, ex agregado cultural y ex funcionario cultural para exponer propuestas de política cultural hacia el exterior que puedan ser integradas al Plan Nacional de Desarrollo 2013-2018,  participé con una ponencia orientada hacia un punto crucial: la construcción de una nueva imagen país para México.

Distinguido Señor Secretario de Educación Pública, Lic. Emilio Chuayffet Chemor;
Distinguido Señor Presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Lic. Rafael Tovar y de Teresa;
distinguida Senadora Blanca Alcalá, Presidenta de la Comisión de Cultura del Senado; distinguidos miembros del presídium; miembros de la comunidad cultural de México, amigas y amigos todos:

Agradezco la invitación a este foro para exponer mis puntos de vista acerca de las tareas inminentes que tiene frente a sí la política cultural mexicana hacia el exterior, tareas que son factibles de integrarse al Plan Nacional de Desarrollo 2013-2018. Aclaro que usaré la noción “diplomacia cultural” como el concepto operativo de esa política cultural hacia el exterior aunque, como se sabe, no sean términos completamente sinónimos.
    
Mi intervención parte de cuatro premisas fundamentales:

  • La principal meta de la diplomacia cultural a la que me referiré es contribuir a la construcción de una imagen país para México en el exterior.
  • En mi segunda premisa sigo una hipótesis del Dr. César Villanueva, especialista en diplomacia pública y diplomacia cultural, con quien he venido colaborando en varios proyectos de investigación y análisis: la construcción de una imagen país de México en el exterior puede considerarse tan delicado como un asunto de seguridad nacional para el Estado mexicano. Vale decir, no es únicamente un tema de nation branding (o de promoción del país) sino que se trata de una de las materias cardinales para nuestra política exterior.
  • En la construcción de esa imagen país la diplomacia cultural y las instituciones del Estado que difunden nuestra cultura en el exterior desempeñan un papel crucial e irremplazable. Esa tarea no puede dejarse sólo en manos de publicistas, imagólogos, asesores de marketing político, propagandistas o expertos en medios, si bien pueden usarse algunas de las herramientas y estrategias instrumentadas por ellos.
  • Existe un acelerado e intenso deterioro de la imagen de México en el exterior que va más allá de la mera difusión y recepción de reportes negativos acerca de la ingobernabilidad, la extrema violencia asociada al narcotráfico, la corrupción y el atropello a los derechos humanos. Esa tendencia se manifiesta cada vez más como asociaciones emocionales, poco racionalizadas, que estigmatizan a México y lo vinculan con estereotipos negativos como el de un “Estado fallido” o el de un país sin leyes, una sociedad incivilizada y carente de las seguridades más elementales. La reputación de México en muchos medios internacionales, sobre todo de Estados Unidos, Europa occidental y Sudamérica, no es buena y puede empeorar.  Ejemplo de ello son las conclusiones de una reciente cobertura noticiosa de la agencia Associated Press, dadas a conocer a principios de esta semana, que reportan considerables avances de los cárteles mexicanos del narcotráfico más allá de la frontera con Estados Unidos, sospechosos de controlar redes de distribución de droga en Ohio, Kentucky, Carolina del Norte, Indiana, Michigan o Minnesota. Según AP, la oficina en Chicago de la Agencia de la Lucha contra la Droga (la DEA, por sus siglas en inglés) manifestó que “se trata de la amenaza más seria a la que se enfrenta EE UU en términos de crimen organizado”. Este tipo de percepciones genera una animadversión irracional, hostil, un escenario de pánico y, a la larga, de rechazo hacia lo que provenga de México.

Resulta evidente que la diplomacia cultural tiene como reto perentorio contribuir al mejoramiento de nuestra imagen país. Se trata de una tarea eminentemente informativa, de acopio y difusión de información estratégica y generación de discursos e imágenes que contribuyan a rectificar la reputación de México. Estamos ante la necesidad urgente de componer un relato de la historia inmediata de México que haga énfasis tanto en la fortaleza y vigor de nuestro patrimonio cultural histórico como en la gran beligerancia y excelencia de la acción cultural mexicana actual, tanto al interior como al exterior de nuestro país. Un relato que por supuesto dé cabida a  la  exposición y crítica de nuestros problemas estructurales pero que sobre todo dé luz sobre las aportaciones civilizatorias de su cultura.
Desde la diplomacia cultural, estoy cierto que nuestra imagen país puede robustecerse abordando las siguientes perspectivas:

  • México como un país de sólida y orgullosa identidad cultural resultado de una compleja simbiosis entre tradición y modernidad.
  • México como sociedad inclusiva, nación multicultural (en referencia a las culturas mexicanas originarias).
  • México como un país huésped de numerosos y diversos enclaves culturales y lingüísticos alóctonos (incluyendo las recientes olas migratorias europeas, asiáticas, centro y sudamericanas).
  • México como un país de industrias culturales y creativas competitivas.
  • México como país con una sobresaliente oferta cultural interna, pública y privada.
  • México como un país con más de 50 años de experiencia diplomática cultural, país líder en la materia en América Latina.
  • México como una nación que despliega una activa cooperación cultural y educativa, científica y técnica con más de 60 países en decenas de disciplinas, a través de numerosos convenios diplomáticos binacionales e interinstitucionales.
  • México como cuna de una prestigiosa comunidad académica, cultural, científica y técnica expatriada; como matriz de una diáspora de alto perfil que desde múltiples espacios (orquestas, casas de ópera, compañías de ballet, universidades, centros de investigación, productoras de cine, etc.) aportan creaciones y resultados notables a la cultura internacional.
  • México como tema de estudio de incontables y prestigiosos investigadores internacionales que aportan visiones de enorme valor y sensibilidad para el estudio y la comprensión de nuestro país.
  • México como polo de atracción actual para intelectuales, académicos, científicos y artistas extranjeros que desde todas las áreas del saber y la creación se han integrado a nuestro país y su cultura.
  • México como un país de una cultura abierta a las heterodoxias, a la experimentación y la innovación artísticas.
  • México como un país donde sus jóvenes creadores artísticos cuentan con un sistema que los vincula, apoya sus proyectos y les permite crear comunidad (FONCA).

Por supuesto, existen muchos más aspectos de México y su cultura contemporánea sobre los que cabría hacer énfasis para construir una imagen país positiva. Me detengo aquí por cuestiones de tiempo y porque quiero abordar las necesidades inmediatas de la diplomacia cultural que pueden formar parte del PND.
La diplomacia cultural mexicana requiere urgentemente:

  • Apuntalar y de ser posible aumentar la presencia de agregados culturales en los consulados y las embajadas de México en el exterior, sobre todo en la extensa red consular en Estados Unidos y Canadá y en algunas adscripciones de Centro y Sudamérica.


  • Contar con un fideicomiso o un fondo para el financiamiento de la acción cultural en el exterior que pueda ser administrado por la Cancillería y del CONACULTA.

  • Consolidar los Institutos Culturales de México en el exterior dependientes de Cancillería ya existentes y dotarlos de recursos para que funcionen paralelamente como mediatecas y centros de información acerca de México (con un esquema parecido al de las Aulas Cervantes de España y del Instituto Camões de Portugal en varias universidades del mundo).

  • Editar un catálogo lo más exhaustivo y actualizado posible de artistas, intelectuales, grupos artísticos, productores y gestores culturales mexicanos o que trabajen en México, cuyo trabajo sea factible de representar a la cultura mexicana en el exterior.

  • Compilar un catálogo lo más exhaustivo y actualizado posible de la diáspora cultural y académica mexicana en el exterior.

  • Elaborar un catálogo lo más exhaustivo y actualizado posible de los mexicanistas, los centros de investigación sobre México y de los multiplicadores culturales de México en el exterior. Retomando la experiencia del Consejo Internacional de Estudios Canadienses, estimular la creación de un consejo internacional de mexicanistas.  

  • Contribuir a la formación de un gran Enciclopedia Virtual de la Cultura Mexicana, un sistema comprehensivo de información en línea para uso público internacional.

  • Contribuir a establecer un Canon de la Cultura Mexicana Contemporánea, con la intención de actualizar y/o renovar los referentes que podemos presentar como signos vigentes de nuestra identidad.

Estos objetivos puntuales tienen un cierto grado de complejidad pero son muy factibles de cumplirse en el mediano plazo. La mayor parte de ellos es, en coincidencia lógica con nuestra meta mayor, de carácter eminentemente informativo. Sin embargo, su conclusión implica una tarea que promete resultados fascinantes y de enorme utilidad para todos los sectores involucrados en la construcción de nuestra imagen país. Por ello son inaplazables.
    Termino con dos “moralejas”. La primera es anecdótica. No hay momento más intenso  en la vida del agregado cultural en el exterior que cuando –al término de un concierto con música mexicana, después de ver una película nacional o al final de la lectura de uno de nuestros grandes escritores— un expatriado que lleva muchos años fuera de México o un adolescente, hijo de mexicana o de mexicano, llegan hasta uno y le confiesan que se sienten orgullosos de ser mexicanos después de lo que han presenciado.
    La segunda es mi más profunda convicción: es posible transformar la imagen de un país. España pudo; Colombia pudo; Brasil pudo. Es el turno de México.  
Muchas gracias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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