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Premio Nobel de Literatura 2009 a Herta Müller

Premio Nobel de Literatura

La concesión del Premio Nobel de Literatura 2009 a Müller es, en gran medida, un reconocimiento a las literaturas de expresión alemana, sobre todo a las surgidas desde enclaves marginales o excéntricos, muy lejos de las grandes capitales del libro como Berlín, Viena y Zurich. Veinte años después de la caída del Muro,  la Academia Sueca premia además a una obra-emblema de la disidencia crítica que hizo posible, en gran medida, el desmantelamiento paulatino del totalitarismo en un país que lo padeció de forma extrema, como Rumania.  

 

A principios del año 2000, Herta Müller estuvo de visita en México, invitada por el Instituto Goethe y la Embajada de Alemania en nuestro país, para ofrecer una lectura en la Casa de Cultura Reyes Heroles de Coyoacán. Ese viaje significó para Herta muchas cosas, entre ellas el experimentar de una manera muy estimulante el sentimiento de contemporaneidad con nuestra parte de Occidente, pues encontró en este país (muy distante a su imaginario y del que muy poco sabía) lectores, interlocutores y amigos. Ese periplo fue también un momento importante para la difusión de su obra en América Latina.

 

En aquella ocasión escribí las siguientes líneas para saludar su llegada a México.

 

Herta Müller: en los intersticios de  la literatura y del tiempo

 

Héctor Orestes Aguilar

 

 

De todas las escritoras en lengua alemana nacidas después del fin de la Segunda Guerra Mundial, Herta Müller es, sin duda, una de las más cautivadoras. Por su biografía, pareciera provenir de otra época, haber llegado a nuestros días desde un tiempo borroso, impreciso, inaccesible. Su lugar y fecha de nacimiento —Nitzkydorf, pueblo rumano habitado por suabos germanohablantes del Banato, en 1953— apenas dan una idea de la complejidad de su pasado. En principio, pertenecer a una minoría lingüística en los países del antiguo bloque socialista significaba, inevitablemente, entrar en conflicto con el sistema, pues a pesar de que todas los países de Europa central y oriental son conglomerados pluriétnicos y multiculturales, los Estados socialistas no siempre garantizaron la instrucción ni el estímulo a las así llamadas “culturas subalternas”. Por el contrario, y esto fue palpable aun más allá de las antiguas repúblicas de la URSS, la rusificación intentó mitigar la presencia y el uso de lenguas no eslavas. Así, incluso variantes dialectales del ruso que poseen muchos elementos germánicos, como el ruteno (que se hablaba en Ucrania), fueron sistemáticamente discriminadas. Escritores clásicos que provienen de esa región (Karl-Emil Franzos, Leopold von Sacher-Masoch, Bruno Schulz, Andrzej Kúsniewicz, Joseph Roth, Józef Wittlin, Soma Morgenstern, y un largo etcétera) deben mucho a la tensión entre culturas y lenguas, tensión que fue anulada o reducida al mínimo durante cinco decenios.

Las minorías alemanas de Rumania y Hungría corrieron una suerte peor que la de los rutenos. Por razones obvias, han sido satanizadas y excluidas en el Este de Europa; pensar, hablar y escribir en alemán ha significado, quizá hasta fechas muy recientes, cargar con el estigma de una cultura que procreó a los perpetradores del Holocausto. Hasta en enclaves como el Tirol del Sur y el Sarre, la germanidad puede constituir una desventaja en el orden de la vida cotidiana a pesar de los privilegios aparentes que otorga el conocimiento del idioma del gigante financiero de la Unión Europea. Para los magiares germanizados de Transilvania y para los suabos del Banato, sean de pasaporte húngaro o rumano, la lengua alemana constituye el puente que los une con una parte específica de Occidente. Les proporciona un vínculo con el núcleo del espacio cultural danubiano; vale decir, la lengua los acerca a usos, costumbres, tradiciones y actitudes que fueron comunes a los habitantes del imperio austrohúngaro hasta antes de la Primera Guerra. Por otra parte, el saber alemán les abre una perspectiva diametralmente distinta a la que poseen quienes han abrevado en la civilización francesa, canon dominante en el imaginario rumano de postguerra. Las obras de Eugen Ionesco, Panait Istrati, Mircea Eliade y E.M. Cioran cifran esta otra forma de acceder a Europa occidental que ha imperado normalmente en Rumania y que hasta cierto punto fue más tolerada por el régimen socialista.

Herta Müller pertenece, por consiguiente, a la minoría de una minoría: la del grupo de los intelectuales que, habiendo nacido en territorio rumano, posee un perfil cosmopolita y se expresa literariamente en alemán. Además forma parte de un grupo destacado de escritoras nacidas a principios de los años cincuenta que han renovado la prosa alemana. Me atrevería a decir que Müller ha encontrado un registro absolutamente personal que la distingue notablemente en una sociedad literaria tan robusta y competitiva como es la que agrupa a los autores de Alemania, Austria y Suiza.

Los libros de Herta Müller son por lo general breves, refinados y generosos. Han sido compuestos con un perceptible gusto por la prosodia: sus escritos contienen una sonoridad magnética. En el alemán literario, que gusta de la construcción de periodos muy prolongados y de secuencias farragosas de oraciones subordinadas, encontrar alguien que opte por la parquedad del staccato es un alivio. Sobre todo en obras como Niederungen (Depresiones, 1984), la escritura de Müller puede “escucharse”, atenderse como si se tratara de textos elaborados para su “ejecución” pública. Para describirla con una fórmula que tuvo fortuna entre nosotros hace más de veinte años, la de Herta Müller es una prosa de intensidades, provista de una intención poética que reclama la lectura en voz alta. En una lengua que ha producido los mayores monumentos a la novela total, la expresividad minimalista de Herta Müller resulta una apuesta que gana, con contundencia, a los lectores.

De menos de 150 páginas, Depresiones alude no sólo al malestar anímico en el que se hunden los personajes cuyas historias son narradas, sino que describe también las hendiduras históricas y temporales en las que viven o han vivido las ciudadanas y ciudadanos de la antaño llamada “Europa secuestrada”. En apariencia, Herta Müller esboza cuadros costumbristas. En ellos aparecen elementos recurrentes: la pérdida de la memoria (histórica y personal), la fractura de la privacidad individual, la alienación del sujeto. Si estos temas fueron comunes a las literaturas de los escritores disidentes del campo socialista, en Herta Müller cobran una dimensión poética y lúdica que rompe con la tradición predominantemente testimonial. Müller está más cerca del cinismo risueño de Josef Škvorecký que de la solemnidad de Czeslaw Milosz, para hablar de escritores impregnados de la cultura de la disidencia que pueden ser más conocidos por el lector global. Por lo demás, en vez de intentar construir una estética de la novela o de estructurar leyes de un estilo narrativo, como Milan Kundera, Herta Müller ha encontrado en los imperceptibles y diminutos limbos cotidianos, en los que todos caemos de vez en cuando, la veta para sus historias.

Peter Handke dio por llamar a esas cisuras límbicas “los intersticios”. En ellos, el tiempo cronológico se trastorna, la instrumentalidad de los objetos se pervierte, la humanidad se cosifica. Herta Müller, —quien tuvo que salir de Rumania junto a su esposo, el también escritor Richard Wagner, por negarse a colaborar para la Securitate, el servicio secreto rumano— es una de las mejores narradoras de la cotidianidad sometida por el totalitarismo. El texto siguiente, extraído de Depresiones, es una muestra eficaz del ingenio literario de Müller.

© Héctor Orestes Aguilar.

Día Laboral. Herta Müller

Cinco y media de la mañana. Suena el despertador.

Me levanto, me quito el vestido, lo dejo sobre la almohada, me pongo mi pijama, voy a la cocina, entro a la tina de baño, tomo la toalla, con ella me lavo el rostro, tomo el peine, me seco con él, tomo la pasta de dientes, me peino con ella, tomo la esponja, con ella me lavo los dientes. Luego voy al baño, como una rebanada de té y bebo una taza de pan.

Me quito el reloj y los anillos.

Me quito los zapatos.

Voy hacia las escaleras, después abro la puerta del departamento.

Voy en el elevador del quinto al primer piso.

Subo después nueve escalones y estoy en la calle.

En la tienda de abarrotes compro un periódico, después voy a la parada y me compro un pan y luego, parada junto al puesto de periódicos, subo al tranvía.

Tres paradas antes de subir me bajo.

Respondo al saludo del portero; después, el portero me saluda; de nuevo es lunes y de nuevo termina la semana.

Entro a la oficina, digo hasta luego, cuelgo mi saco en el escritorio, me siento en el perchero y comienzo a trabajar. Trabajo ocho horas.

Traducción de Héctor Orestes Aguilar

 

 

 

 

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